Discurso del Embajador Tony Leon en ocasión del Congreso correspondiente al 50° Aniversario de “Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola” (CREA) en Córdoba, Argentina el miércoles, 1° de septiembre de 2010
“CÓMO SE CONSTRUYÓ LA NUEVA NACIÓN SUDAFRICANA
Primeramente, permítanme felicitar a CREA en la celebración de su 50° aniversario. En mis diez meses como Embajador de Sudáfrica en Argentina he aprendido que la agricultura argentina es una de las de mejor nivel del mundo. Es este importante sector económico el que ha alentado los impactantes niveles de crecimiento por exportación, permitido la acumulación de superávit en reservas de origen extranjero y saludables balances fiscales. Lo cual ha permitido a la economía argentina evitar muchos de los problemas y crisis que afectan a muchas de otras economías del mundo durante esta severa recesión global.
Sin embargo, CREA no sólo sostiene la salud de la economía argentina. Con su vasta red de clubes y organizaciones, hoy CREA es el pilar más importante de lo que los científicos políticos y sociales llaman “sociedad civil”. La historia nos enseña que una sociedad dinámica basada en las organizaciones voluntarias –además de en partidos políticos, prensa libre y un poder judicial independiente– resulta una condición esencial para que la democracia se arraigue y perdure.
En segundo lugar, es un gran honor para mí compartir esta plataforma con John Carlin. En Sudáfrica se lo recuerda primordialmente por su brillante periódico, que cubrió toda nuestra transición épica, accidentada e incluso violenta hacia la democracia de 1980 a 1990. Desde luego, hoy es mundialmente famoso por su libro líder en ventas sobre Nelson Mandela y el triunfo en rugby de los Springboks en la Copa Mundial de 1995, que Clint Eastwood transformó en la importante película Invictus, que ha impactado poderosamente en el público de todo el mundo, y que se estrenó en la Argentina en enero de 2010. Desde luego, el rugby es uno de los muchos lazos que unen a la Argentina y Sudáfrica. La elevación de los Pumas al torneo Tres Naciones en breve desarrollará aun más los vínculos entre los dos países.
En tercer lugar, me han invitado hoy aquí no porque el Presidente Jacob Zuma me haya nombrado de entre la oposición como Embajador de su Gobierno en Argentina. Más bien se debe a que mi carrera política de 20 años en Sudáfrica me permitió participar en forma directa como constructor de nuestra nueva nación, cuando resolvimos uno de los conflictos más encarnizados del mundo y contribuimos a construir una nueva democracia y una nueva nación.
En cuarto lugar, como público, ustedes tienen la opción de escuchar mis comentarios en muy mal español o en un inglés más fluido. He tomado esa decisión por ustedes, y realizaré el resto de mi presentación en inglés, ayudado por la traducción experta de Nadia Volonté, de la Embajada de Sudáfrica en Buenos Aires.
Mi primer día en una apertura oficial de sesiones en el Parlamento sudafricano, en aquel tiempo controlado por la minoría blanca, fue hace más de 20 años, el 2 de febrero de 1990. Fui elegido Miembro del tercer partido de la cámara: el Partido Democrático antiapartheid. Sólo contaba con 20% de apoyo del electorado blanco. El Gobierno, del mayoritario Partido Nacional, tenía más del 50% de los escaños, mientras que el Partido Conservador, de derecha y línea dura, era el segundo partido, o la Oposición Oficial. Sin embargo, ese día, el Presidente FW De Klerk hizo explotar una bomba política de intensidad termonuclear. Sus efectos secundarios todavía se esparcen en el actual paisaje sudafricano. Este hombre, el Presidente electo de la Sudáfrica blanca, y el heredero del sistema del apartheid que hizo avanzar y ganar ventaja a esa minoría sobre la base de la opresión y la exclusión de la mayoría, dio su espalda a las convicciones de toda una vida y en un solo discurso arrasó con 350 años de orden racial y político en Sudáfrica.
Ese día en el Parlamento, De Klerk anunció el fin de la prohibición del partido de la mayoría –el Congreso Nacional Sudafricano (ANC) –, el Partido Comunista de Sudáfrica y el Congreso Panafricano, así como la liberación inminente de Nelson Mandela, en prisión por alta traición desde 1963 y durante 27 años, además del comienzo de las negociaciones multipartidarias para dar origen a una Constitución democrática.
La breve descripción de la montaña rusa que representaron esos cuatro años que siguieron puede resumirse de la siguiente forma:
La negociaciones comenzaron con “conversaciones sobre conversaciones” entre el ANC y el Partido Nacional en 1990, y a ellos siguió la Convención para una Sudáfrica Democrática multipartidaria (Codesa) en 1991.
Codesa buscó establecer una visión común de lo que había que lograr, a través de la “Declaración de Intención”. Quienes suscribieron la Declaración se avocaban a lograr una Sudáfrica unida y una nación que compartiera una ciudanía común; curar las divisiones del pasado y construir una sociedad abierta y libre basada en valores democráticos protegidos por ley; y crear un clima conducente a un cambio institucional pacífico eliminando la violencia, la intimidación y la desestabilización, y promoviendo participación política, discusión y debate libres.
La Declaración también comprometía a las partes a establecer una Constitución que pudiera asegurar, entre otros:
a. que Sudáfrica sería un estado unido, democrático, no racial ni sexista, en que la autoridad soberana fuera ejercida sobre todo el territorio;
b. que la Constitución sería la ley suprema y que estaría custodiada por un poder judicial independiente, no racial e imparcial;
c. que existiría una democracia multipartidaria con el derecho de formación y afiliación a partidos políticos y con elecciones regulares sobre la base del sufragio universal adulto utilizando una nómina de votantes en común;
d. que existiría la separación de poderes legislativo, ejecutivo y judicial así como un sistema de pesos y contrapesos entre ellos;
e. que la diversidad de idiomas, culturas y religiones del pueblo sudafricano sería reconocida;
f. que todos disfrutarían de derechos humanos y libertades civiles universalmente aceptados, incluida la libertad de credo, expresión y reunión, protegida por una Declaración de Derechos sólida e imponible, y un sistema legal que garantizara la igualdad de todos antes la ley.
Las conversaciones de Codesa fracasaron y fallaron una y otra vez, y fueron interrumpidas por violencia –por parte del estado, el ANC, el Partido de la Libertad Inkhata, y por los partidos radicales en contra de las negociaciones– en varias ocasiones. El respaldo a las negociaciones se reanudó en 1992 cuando dos tercios de los votantes blancos en un referéndum votaron “Sí” en favor de los esfuerzos de De Klerk. El hecho de que partidos violentos fueran excluidos del las conversaciones fortaleció la confianza pública en una resolución pacífica al conflicto, confianza que fue sostenida incluso después de que las conversaciones públicas fracasaran tras el segundo Codesa de 1993.
Finalmente en 1993, se acordó y adoptó una Constitución interina. Ésta formó la base legal de las elecciones de 1994. Así, cuando el Parlamento democrático se reunió en mayo de 1994, lo hizo como Asamblea Constitucional. Entre sus deberes, se contaba la tarea de conducir negociaciones para obtener una Constitución final, la cual, después de lo sugerido por las enmiendas de la Corte Constitucional, se sancionó en 1996.
Por tanto, la democracia sudafricana, lograda tras tantas duras luchas, se obtuvo no gracias al tambor de un revolver sino a negociaciones, mediaciones y acuerdos pacíficos (aunque dolorosos).
Sin embargo, este resumen histórico ignora las preguntas más cruciales y profundas del quehacer humano y subestima los riesgos políticos y la agitación de aquella transición política extraordinaria y sin precedentes. Después de todo, existen pocos ejemplos en la historia mundial en que una mayoría políticamente dominante negocia, en forma más o menos voluntaria, su salida del poder, mientras una minoría históricamente oprimida renuncia a las ganancias inciertas de una revolución armada en pro de cierta paz, en lugar de una total victoria. En lo que queda de mi presentación, intentaré explicar la “Anatomía del Milagro”, según tituló un excelente observador nuestra transformación política.
Muchas fuerzas obvias y más sutiles estaban operando en la creación de la democracia sudafricana.
En primer lugar, aquello que se relaciona con “el factor humano” (casualmente, el título original del libro de John Carlin, Invictus). El papel central y las responsabilidades de FW De Klerk y el líder del ANC, Nelson Mandela, fueron cruciales ya que representaron el factor aglutinante que logró mantener unida una nación profundamente dividida y a menudo en pugna.
De Klerk provenía de una formación profundamente religiosa y conservadora. Era el príncipe del reino del Partido Nacional: su tío JG Strijdom había sido el segundo Primer Ministro del apartheid en 1954 y su padre se había desempeñado como Presidente del Senado. En febrero de 1989, ganó con poco margen el liderazgo de su partido, triunfando ante un oponente más liberal. Esto sucedió luego de que un ataque de apoplejía derribara al todopoderoso Presidente PW Botha. Es cierto que entre 1978 y 1989, Botha había comenzado una serie de reformas importantes: legalizó los sindicatos de la población negra, abolió la prohibición de matrimonios interraciales, levantó la prohibición industrial en materia racial y aceptó que la población negra se desempeñara en áreas urbanas (bajo el plan del “gran apartheid”, habían estado hasta la fecha confinados al 13% de las tierras internas rurales). Sin embargo, dado que estas reformas incompletas desataron mayor activismo político por parte de la población negra, Botha utilizó la represión e impuso un Gobierno de Emergencia para acallar la demanda por el fin del apartheid. Falló en el paso esencial de reconocer legalmente la participación de la población negra en el parlamento central, y buscó cada vez más el respaldo militar para controlar el proceso democrático. Irónicamente, fue el propio proceso de sus reformas el que abrió el paso a la resistencia de la población negra y su propia promoción de la represión lo que condujo a un estado de impasse violento y peligroso.
Sin embargo, fueron factores externos –mayor asilamiento y sanciones internacionales– lo que causó el colapso de la moneda sudafricana en 1985. El agotamiento de los influjos de capitales externos y la falta de una salida a la crisis política interna, determinaron que el régimen de Botha se quedara sin alternativa. En la derecha política, un renaciente Partido Conservador ganaba en las urnas, y en el flanco izquierdo una violenta insurrección en las townships (barrios segregados) de la población negra amenazaba con una guerra civil. Botha era demasiado testarudo para aceptar la lógica de la situación. Es cierto, hizo los primeros acercamientos a Mandela en secreto, y realizó intentos de negociar con el ANC. Pero su insistencia con las precondiciones impidieron el nacimiento de dichas conversaciones.
El resultado fue un período de surrealismo totalmente digno de Gabriel García Márquez. Una oscuridad represiva se alzaba sobre el país y su estancada economía. Era el “Otoño del patriarca”.
Luego del ataque de apoplejía de Botha y la asunción de De Klerk, comenzó el cambio real. De Klerk, el reformista menos esperado, interpretó correctamente las señales y entendió también el rincón en el que lo habían colocado las políticas de sus predecesores. Durante gran parte del gobierno del Partido Nacional, la amenaza de que el Partido Comunista se hiciera con “la forma de vida sudafricana” había sido utilizada para atemperar las fuerzas de cambio. De Klerk sabía que con la caída del Comunismo en Europa Oriental el año anterior, podía ahora actuar con decisión. Sus dones de lógica y análisis, sus dos atributos clave, lo llevaron a la conclusión de que sólo un orden plenamente democrático, negociado por los auténticos líderes de la mayoría poblacional negra (en lugar de los títeres favorecidos tradicionalmente por el Partido Nacional), podía conducir a un acuerdo duradero.
También es cierto que, al igual que su contraparte en la Unión Soviética en aquel momento, Michal Gorbachev, De Klerk creyó equivocadamente que podía reformar el sistema político que lideraba, sin renunciar a su control. Ésa es la razón por la que inicialmente prometió a las minorías sudafricanas (blancos, mestizos, indios) una serie de vetos de minoría y fórmulas de compartimento de poderes permanentes, ninguno de los cuales fue promulgado finalmente. No obstante, como indicara muy acertadamente el historiador RW Johnson:
“Habiendo desatado una ola de cambio, De Klerk había perdido casi de inmediato el control de los sucesos. Estaba en la posición de un hombre que se lanza a los rápidos de un río en una canoa y que, a pesar de su plan original, muy pronto se encuentra a sí mismo entre chorros de aguas blancas, navegando frenéticamente para evitar los remolinos y las rocas, y poder mantenerse a flote”
No obstante, si bien la Constitución final contenía pocas de las garantías que él había buscado, excepto por una firme declaración de derechos y garantías de titularidad y jubilación para los funcionarios públicos con antigüedad, De Klerk aceptó el nuevo orden. Luego de obtener un 20% muy decepcionante en la votación nacional durante las elecciones democráticas de 1994, aceptó su papel como segundo vicepresidente del Gobierno de Unidad Nacional (que desapareció en 1999). De Klerk contribuyó a conceder una nueva democracia hasta que se retiró de la política en 1997.
Sin dudas, la decisión de que en 1993 se le otorgara el Premio Nobel de la Paz junto a Nelson Mandela fue algo absolutamente merecida. Dejando de lado los feroces desacuerdos entre ambos, Mandela generosamente lo describe como un “gran hijo de África”.
Pero si es cierto que De Klerk fue una figura necesaria para atenuar el dolor de la población blanca ante su capitulación política, también lo es que Mandela fue el líder indispensable: primero para los sudafricanos negros y, poco después, para toda Sudáfrica. Él personificaba el perdón, la reconciliación y el poder del ejemplo personal.
Millones de palabras, decenas de libros y películas y 30 años en la escena internacional han determinado que Mandela pasara de hombre a mito, y de político a santo. Mandela no es un santo, pero es un ser humano inusitado y extraordinario. El haberlo llegado a conocer razonablemente bien desde nuestro primer encuentro en 1992, y el haber comenzado mi propio liderazgo político al principio de su Presidencia en 1994, me permiten efectuar algunas breves observaciones sobre factores menos conocidos sobre su origen, y que contribuyeron a dar forma al papel crucial que desempeñó en nuestra historia democrática:
• Fue el encarcelamiento de Mandela en Robben Island –el Alcatraz de Sudáfrica– durante 20 años lo que, irónicamente, en muchos modos preparó el terreno para el gobierno de su partido:
Con frecuencia, Mandela se ha referido de palabra o por escrito a la forma en que el encarcelamiento en “La isla” le proporcionó un ingrediente esencial a su lucha: “Tiempo para pensar”, según sus propias palabras. Tiempo para madurar políticamente y para elaborar estrategias. Uno de los elementos clave en su trato con los guardianes, hostiles en un principio, fue su dominio del idioma de ellos: el afrikaans. Su elección del afrikaans –detestado por la mayoría poblacional negra como el idioma de la opresión– no fue accidental. Él consideraba que conocer la lengua madre del enemigo era un arma esencial en la batalla. Durante todo su encarcelamiento, leyó historia, poesía y filosofía en afrikaans con avidez, e insistió en que sus compañeros presos hicieran lo mismo.
• Aprendió sobre el “enemigo afrikaner” en términos humanos gracias a los guardias de su prisión:
En palabras de uno de sus biógrafos: “aprendió las lecciones de la naturaleza humana en la ‘Universidad de Robben Island’”. Según el propio Mandela: “Al momento de llegar a Robben Island, comenzó un debate entre nuestros guardias afrikaners: algunos decían ‘tratemos a esta gente con rigor para que respeten la supremacía blanca’; otros decían ‘su bando triunfará en última instancia, debemos tratarlos de forma tal que cuando ganen no instauren un gobierno revanchista’”.
“Establecimos una relación muy fuerte hablando con los guardias, y convenciéndolos de que nos trataran como seres humanos. Y la lección que aprendimos fue que una de las armas más poderosas es el diálogo”.
• La evolución política de Mandela fue la de pasar de agitador a moderador político:
Mandela afiló sus dientes políticos en la Liga Juvenil militante del ANC, que él ayudó a establecer. No obstante, para 1964 durante su juicio por Alta Traición, ya había sembrado la semilla que sugería, aun entonces, que el monolito blanco no sería reemplazado por su equivalente negro. Más adelante, Desmond Tutu dio a esta visión multiracial, el famoso nombre de “nación del arco iris”. De todos modos, en su famoso discurso desde el banquillo de los acusados, un discurso que bien podría decirse le salvó la vida, Mandela esbozó una visión que sostuvo por el resto de su vida política:
“He luchado contra el dominio blanco, y he luchado contra el dominio negro. He atesorado el ideal de una democracia y una sociedad libre, en la que las personas vivan juntas en harmonía y con iguales oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero alcanzar. Pero de ser necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.
Pasarían 25 años antes de que Mandela conociera al hombre capaz de entender este mensaje. Pero cuando conoció a De Klerk, declaró ante un ANC inicialmente escéptico (y en palabras parecidas a las que Margaret Thatcher utilizó para describir a Mikhail Gorbachev) que “es un hombre con el que podemos hacer negocios”.
• Las negociaciones constitucionales en Sudáfrica de entre 1990 y 1994 tomaron lugar en medio de violencia proveniente de todos los costados, lo cual en varios momentos implicó arreglos mutuos e incluso cortes en las conversaciones. Pero la clave de su éxito final fue sin dudas la autoridad y personalidad de Mandela.
Si De Klerk podía acercar a un acuerdo a la población blanca, mestiza e india, entonces ningún sudafricano podía atreverse a hacerle frente a Mandela. Él conectó las nuevas masas de activistas jóvenes de los barrios segregados al pasado histórico del ANC. Las otras dos figuras destacadas del ANC con vida en ese entonces, OR Tambo y Walter Sisulu, ya se habían retirado de la primera línea de la política. De modo que solamente Mandela representaba el ANC histórico. Su liberación había sido un enorme suceso mediático global y pronto se ganó el afecto y el respeto de cada sector de la población. Su coraje, fortaleza y decisión durante sus 27 años de prisión no podían discutirse y su humildad, falta de resentimiento y sentido del humor eran absolutamente ganadores. Su popularidad superó por mucho la del ANC, especialmente entre las minorías. Todos estos factores hacían posible que pudiera vender el acuerdo a todos los bandos.
No se puede cubrir en un mero discurso la complejidad y la extensión de todos los factores que impulsaron a Sudáfrica a alejarse de una guerra racial civil en dirección a un acuerdo democrático. Ni el increíble logro de este resultado, el final de la historia en términos de igualdad económica, criminalidad, tensiones raciales y una gran cantidad de problemas que continúan acosando a Sudáfrica y a los sudafricanos a 15 años de que Nelson Mandela asumiera como nuestro primer Presidente democrático. Sin embargo, nuestra Constitución, y el acuerdo en el que se fundó, son firmes cimientos para su resolución. No menos importante, también significa que hay luz al final del túnel, y no simplemente mayor oscuridad.
Emitido por: Embajada de Sudáfrica en Buenos Aires
Tel. de contacto: (011) 4317-2997 o (011) 4446-8978
Fecha: 1ro. de Septiembre de 2010
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